Diferencias entre el sérum y la crema hidratante

Serum

Sérum e hidratante

Si quieres saber la verdad, el título de este artículo tiene trampa: no queremos únicamente contarte las diferencias entre estos dos productos de belleza, sino que pretendemos que, conociéndolas (unas son evidentes, pero otras no tanto, y sin embargo, todas son fundamentales), entiendas mejor por qué es importante usar ambos y hacerlo adecuadamente.

Ahondaremos un poco en las características de cada uno, para poder compararlos después con más argumentos y profundizar en sus diferentes cometidos, así como en su utilidad para nuestro cuidado facial. De hecho, los consideramos imprescindibles.

Las cremas hidratantes

Estamos tan habituados a ellas que no nos cuestionamos su utilidad y necesidad, pero por esta misma razón, damos por sabido qué son y cuál es su función, así como qué aspecto deben tener, qué podemos esperar de ellas, cuándo usarlas y cómo.

Puede, solo puede, que estemos dando demasiadas cosas por hecho y nos estemos perdiendo detalles importantes o, incluso, información básica.

Bajo el muy genérico y poco aclarador nombre de «crema hidratante», encontramos en el mercado miles de productos que prometen hacer maravillas con nuestra piel, independientemente de en qué estado se halle o cuál sea nuestra edad.

Por partes.

Primera parte: cremas

Sí y no. Los formatos y texturas a nuestro alcance son múltiples y es bueno conocerlos y reconocerlos, para elegir el que mejor nos encaje o el que nos resulte más cómodo y agradable.

En un sentido estricto, la crema es un producto pastoso que se aplica sobre la piel, así que la definición académica se nos queda corta, muy corta, si nos remitimos a los estantes de cosmética, donde encontramos todo tipo de presentaciones para eso que, por comodidad y, puede que por ignorancia, englobamos en el término «crema», que pierde su significado real pero nos facilita la vida.

Así que no todas las cremas son, en realidad, cremas.

Una característica importante de las cremas es que tienen ingredientes grasos, de peso, en su composición, y en este caso, la expresión «de peso» tiene un doble sentido, ya que esta peculiaridad hace que sus moléculas sean grandes y pesadas, lo que limita su capacidad para penetrar en la piel más allá de la epidermis, pero a la vez les confiere una gran competencia a la hora de sellar y proteger la piel en su conjunto (epidermis y dermis).

Como las posibilidades son muchas y, gracias al marketing, cada fabricante, además, inventa a veces sus propios nombres, con el fin de hacerlos evocadores y más atractivos, enumeraremos algunas de las texturas más frecuentes con su nombre más común e inteligible.

En ningún caso te dejes engañar por el aspecto, porque las fórmulas actuales son muy avanzadas y han superado la barrera de la textura.

Fluidos

No es el formato más común para las hidratantes faciales, pero existen y tienen mucha aceptación entre quienes buscan productos cómodos y ligeros, fáciles de aplicar, que no dejen sensación de grasa, frescos y de rápida absorción.

Incluso las pieles muy secas y las que son más sensibles le sacarán partido a una crema fluida, usándola como tratamiento base y como vehículo para mejorar los resultados de una hidratante con más cuerpo, que se aplicará sobre la primera.

En realidad, la mayoría son cremas con base acuosa, con aspecto y tacto lechoso (las famosas leches hidratantes), y otras son emulsiones líquidas.

Perfectas para pieles jóvenes, que no necesitan demasiados principios activos ni hidratación, pero agradecen la ligera protección que proporcionan.

En esta línea también se comercializan hidratantes en forma de aceites. La tecnología permite conseguir aceites ricos y no untuosos, que se absorben bien e hidratan al mismo tiempo.

Geles

Resultan cómodos y refrescantes, por su escaso contenido de grasas, pero hay que tener cuidado con ellos, ya que, si incorporan alcohol, su misma ligereza les permite penetrar mejor que los productos más untuosos, pudiendo irritar la piel.

No es un formato adecuado para todo tipo tipo de pieles: siendo desaconsejado para pieles secas y/o sensibles, resulta muy grato para muchas pieles grasas.

Cremas con base acuosa

Ya estamos en las cremas tal cual. Hasta ahí verás que hay diferentes texturas, desde las muy ligeras hasta las muy untuosas.

Las de base acuosa son las más ligeras, se absorben con más facilidad y no dejan sensación aceitosa en la piel. En principio, son aptas para todo tipo de piel, aunque las pieles secas pueden preferir cremas más densas.

Como ya hemos visto, en este grupo habría que contar con las leches.

Cremas con base grasa

Son las más densas y untuosas. Hoy en día no tienen por qué resultar difíciles de aplicar, ni dejan rastros grasos o brillos sobre la cara.

También las hay para todo tipo de piel, porque, por ejemplo, en invierno, aseguran una protección mejor frente al frío o las calefacciones.

Si son excesivamente oclusivas no están recomendadas para pieles grasas y/o con tendencia al acné y los puntos negros.

¿Cuál elegir? Dependerá de tu piel, tus gustos, tu entorno y de la marca, ya que hay oferta en cantidades ingentes.

Por supuesto, no solo es importante la base: los ingredientes activos son fundamentales, pero es necesario tener claro que la base les permitirá realizar su trabajo de forma óptima.

Segunda parte: hidratantes

Si nos atenemos al significado de la palabra, las hidratantes no son tales, porque, estrictamente hablando, no hidratan, no aportan humedad a la piel.

En realidad, la única forma de hidratar la piel (es decir, de aportarle agua y líquidos) es hacerlo desde dentro.

Las cremas hidratantes trabajan en las capas más superficiales de la piel, y su función principal es la de mantenerlas y/o restaurarlas, aportando grasa y principios activos que protejan o mejoren su función de barrera, el manto hidrolipídico y la microbiota cutánea.

Y todo esto lo hacen muy bien, creando una película, más o menos densa, más o menos oclusiva, que impide que la piel pierda humedad y sebo, a la vez que añaden elementos que mejoran la capa córnea (la más externa de la epidermis).

Entonces, las hidratantes deben, como mínimo,

  • Ser capaces de preservar los niveles de humedad y grasa de la piel, reteniendo las que nuestro organismo produce naturalmente: las muy oclusivas serán perfectas para pieles muy secas o sensibles, y las pieles grasas necesitarán texturas más ligeras.
  • Proteger la piel de posibles daños del exterior, como el sol, el frío, la contaminación, etc.
  • Aportar refuerzos a la epidermis, en forma de nutrientes, antioxidantes, protección solar.. siempre de forma muy superficial.
  • Suavizar la piel y su aspecto.

Más allá de esto, las hidratantes no pueden hacer milagros, pero una piel bien hidratada se conservará joven y sana durante más tiempo.

El sérum

El sérum y las cremas hidratantes

Si estás en el mundo, has oído hablar de él aunque no lo hayas usado nunca. Es la nueva estrella de la cosmética.

El sérum es un tratamiento profundo y específico de la piel, y esta es una de las razones que explica por qué hay tantas opciones en el mercado.

No está concebido para cuidar la piel, sino para repararla desde dentro, lo que es posible gracias a su textura ligera, debida, a su vez, a la falta de ingredientes grasos y a sus moléculas, tan pequeñas que logran fácilmente llegar a las capas más profundas de la dermis y restaurar los daños allí donde se han producido.

¿Cómo? Porque, además de ligero y penetrante, está lleno de principios activos muy específicos, mezclados de forma inteligente para aportar los ingredientes que la piel necesita.

Tu tipo de piel es poco relevante a la hora de elegir un sérum (pero no es un factor a desestimar completamente): aquí lo importante es qué le pasa a tu piel, qué problema concreto quieres solucionar.

Por eso hay sérums para cualquier eventualidad: piel seca, sensible, grasa, ajada, con manchas, con acné, deteriorada por el sol, envejecida, arrugada, mate, fláccida…

Los sérums son muy efectivos haciendo su trabajo, y los resultados son visibles casi de inmediato, lo que no significa que no haya que utilizarlos a diario y durante un mínimo de tiempo para lograr cambios estructurales que sean verdaderamente permanentes.

Hay diferentes tipos de sérums, no solo por su composición, sino también por su intensidad.

Y sí, es cierto, los hay que son para un uso ocasional, pero estos solo sirven para dar a la piel una apariencia magnífica durante un muy breve período de tiempo. Son perfectos en su cometido, pero no tratan ni solucionan ningún problema de fondo, aunque sí conseguirán que tu rostro luzca espléndido por unas horas.

Existen tratamientos intensivos, llamados de choque, para atajar problemas profundos y muy asentados, que logran resultados más que buenos en poco tiempo. Este tipo de sérums no pueden usarse en períodos muy prolongados, ya que su concentración de activos muy potentes causará más daño que bien si se abusa de ellos.

Se presentan en ampollas de cristal opacas o en cualquier otro formato monodosis, porque la exposición de algunos de sus ingredientes a la luz o el aire los deterioraría rápidamente. En su fuerza está, también, su debilidad.

Por lo tanto un sérum es un cosmético de textura ligera, no grasa, con una fórmula concentrada de potentes principios activos, capaz de reparar la piel desde dentro.

Una vez que conocemos las principales características de cada uno, podemos enumerar sus muchas diferencias entendiéndolas.

Si te quedan dudas o ganas de saber más sobre el sérum, no te pierdas todo esto:

Todas las diferencias entre el sérum y la crema hidratante

La textura

Es la primera que podemos apreciar a simple vista. Las cremas son densas y grasas en mayor o menor proporción, mientra que el sérum es líquido y ligero.

Las moléculas

Que es la que dota a cada producto de sus características únicas y más apreciadas.

Las de los sérums son pequeñas y se «cuelan» hasta las capas profundas de la piel; las de las cremas son grandes y crean una película sobre la piel, limitando mucho su capacidad de penetración.

La concentración

Las cremas tienen una proporción muy importante de base más o menos grasa, más o menos acuosa, y poca de ingredientes activos (no más del 10 % en las más concentradas).

Por el contrario, los sérums tienen bases líquidas y una alta concentración de principios activos enérgicos y dinámicos (hasta el 70 % e incluso más en los tratamientos intesivos).

La concentración de principios activos no tiene relación con la cantidad de estos mismos. Tanto las hidratantes como los sérums con demasiados, no son aconsejables, porque pierden eficacia.

La «zona de influencia»

El sérum trabaja de dentro hacia afuera y la crema solo en superficie.

El objetivo

El de las hidratantes es proteger y conservar (si te ha salido el chiste de «proteger y servir», hay que reconocer que estaba cantado, aunque, en este caso, la expresión tampoco resultaría fuera de lugar); el de los sérums es tratar y regenerar.

La selección

Del punto anterior se deduce que el criterio básico a la hora de elegir una hidratante ha de ser el tipo de piel, y que, cuando encuentras una que satisface tus deseos y demandas, pasa a ser una presencia constante en tu kit de belleza.

La elección de un sérum, sin obviar, desde luego, el tipo de piel, hay que hacerla en función del problema que se quiera solucionar, de haber uno o varios, y si no, buscando la fórmula que se adapte a las necesidades de la piel en cada momento del año o de la vida.

A la hora de elegir una u otro es importante tener en cuenta la edad y las circunstancias concretas, desde el entorno a la época del año, como es también importante cambiar de vez en cuando, para adaptarte a ambos y para, lo que podríamos llamar, resetear la piel.

El ritmo de trabajo

Las cremas hacen un trabajo lento, discreto,  y de mantenimiento, que empieza a dar sus verdaderos frutos en el medio plazo, y el sérum trabaja con rapidez y eficacia, de manera que sus efectos son notables en muchas ocasiones desde la primera aplicación.

Pero no te engañes, para afianzar los resultados del sérum hay que usarlo a diario y disciplinadamente.

El cómo

Las hidratantes, independientemente de su textura, se aplican extendiéndolas con suavidad, insistiendo y masajeando sobre la piel para facilitar su absorción y distribución (el calor de las manos y del masaje ayudan en este sentido).

Los sérums se aplican con toques de las yemas de los dedos o presionando suavemente con las manos sobe el cutis. No necesitan el calor extra para penetrar rápidamente, y extenderlos hará que se apliquen de forma irregular, porque penetran demasiado deprisa.

Los que son más densos sí necesitan calor para mejorar la absorción, pero hay que dárselo antes de depositarlos sobre la piel, frotándolos entre las palmas de las manos.

El cuándo

Cuándo utilizar sérum

Si nos referimos a cuándo hay que empezar a utilizar cada uno, la hidratante es necesaria desde la primera juventud. Como ya hemos apuntado, su función es la de cuidar y preservar la piel, para que, a largo plazo, esta se mantenga lo más sana y juvenil posible. Así que, independientemente del tipo de piel y de su estado, lo mejor es añadirla a la rutina diaria desde la adolescencia.

Que una piel joven no delate problemas no significa que no se estén gestando. Nuestra piel, y más concretamente nuestro cutis, está sometido a diario a muchos estresantes, desde el sol a los aires acondicionados, desde la contaminación a los cambios continuos de temperatura, ya sean diarios o estacionales. Si quieres mantenerla perfecta el cuidado es inexcusable cuando todavía lo está: no puedes mantener algo que no existe.

Sin embargo, el sérum deberás incorporarlo cuando empiece a ser necesario, y este momento varía mucho de un caso a otro, ya que estamos hablando de un producto tratante. Los cutis sin problemas podrán esperar a los 25-30 años para empezar con el sérum, pero los que tienen excesos o carencias es posible que necesiten un sérum, aunque sea temporalmente, para corregirlos.

A partir de los 25 años, ninguna piel rechaza un suave extra de hidratación, antioxidación y cuidados en general.

Es vital elegir el sérum adecuado para cada edad, porque queremos mantener intactas las funciones de la piel, no sustituirlas y correr el riesgo de que se vuelva perezosa y dependiente de los cosméticos.

Si nos planteamos cuál es el mejor momento del día para usar ambos productos, las cremas no deben faltar, al menos, por la mañana, para proteger la piel de las agresiones externas, y los sérums, por la noche, para estimular los propios procesos cutáneos de regeneración.

Lo ideal: usar los dos mañana y noche.

Finalmente, si nos preguntamos en qué orden deben aplicarse, el sérum siempre irá antes, justo antes que la crema, eso sí, sobre un rostro inmaculadamente limpio.

Apunta este truco para saber en qué orden aplicar los cosméticos, cuando tengas dudas: siempre de menos a más densos.

Nunca olvides la protección solar, si de verdad quieres cuidar tu piel. Las manchas y quemaduras son la alerta de una sobreexposición al sol, pero que estas no aparezcan no es un indicativo de que no existan sutiles pero irremediables daños. El sol es un gran aliado de la piel y, a la vez, su gran enemigo.

El cuánto

Con la crema hay que ser generosos y con el sérum, cicateros.

No queremos decir que haya que empapar la piel de crema hasta la saturación, pero es innegable que la hidratante hay que aplicarla en una cantidad suficiente y extenderla bien hasta que la piel la absorba. Si nos excedemos, un poco más de masaje y extensión ayudará a distribuir el exceso.

Por el contrario, el sérum se utiliza en muy pequeñas dosis, porque el exceso no solo no es tan fácil de absorber o eliminar, sino que puede resultar contraproducente, como lo sería la sobredosis de un medicamento, dando lugar a irritaciones y otras reacciones. Además, queda sobre la piel, dejándola con sensación de humedad no cómoda, y hay que retirarlo con un poco de tónico impregnado en un algodón, sin frotar.

La sensación

Al ponernos el sérum la piel queda suave y fresca, relajada y cómoda, hasta el punto de que podemos pensar que no es necesario ningún otro producto.

En pocas ocasiones se puede prescindir de la hidratante. Esta opción está al alcance de las pieles grasas, por la noche o en verano, pero poco más.

Las cremas dejan también sensaciones muy gratas, y más hoy en día, con la cantidad de productos efectivos que no resultan grasos ni pringosos, aunque contengan lípidos y aceites, pero, desde luego, hacen notar sus efectos como barrera protectora, ya que cubren el cutis con una película oleosa que se irá absorbiendo y disipando según pasen las horas.

Los tiempos

El sérum se absorbe de inmediato, la crema permanece.

Los efectos de los sérums se aprecian, a veces, desde la primera aplicación y los de las hidratantes necesitan más tiempo para manifestarse.

La hidratación es imprescindible, todos los días del año en cualquier circunstancia; los sérums pueden y deben alternarse con períodos de descanso, o los más potentes y tratantes con los más suaves y destinados al mero mantenimiento.

En teoría, una crema será siempre menos perecedera que un sérum, por su propia idiosincrasia, pero esto va a depender mucho de la composición de cada uno, la cantidad de conservantes y la naturaleza de los mismos. Los conservantes naturales ofrecen menos durabilidad, pero más compatibilidad bioquímica con la piel y menos posibilidades de problemas de rechazo o reacción.

Cuanto más naturales sean los ingredientes, más perecedero el producto, pero mejor para la piel, sin duda. En principio, no es una desventaja ni un problema, ya que el uso diario lleva a que se consuman mucho antes de que puedan estropearse de ninguna manera.

La presentación

No es un asunto baladí, porque no es únicamente cuestión de diseño o capricho.

Casi todos los cosméticos deben estar en envases opacos y bien aislados, para garantizar su óptima conservación.

Pero las cremas admiten todo tipo de envases, ya sean de cristal o plásticos varios, en forma de tarro, tubo, aplicador, etc.

Los sérums, al ser tan concentrados, también son más delicados y susceptibles a cambios en un ambiente inadecuado, por lo que suelen presentarse en envases de cristal que los mantengan aislados de la luz, y que a la vez faciliten el acceso a las dosis necesarias, en forma de gotero o de aplicador. Este último es la mejor alternativa, ya que aísla el producto del contacto directo y continuo con el exterior e, incluso, con las manos o la piel.

Desconfía de un sérum envasado en plástico.

Teniendo esto en cuenta, guarda los dos productos en un lugar seco, fresco y sin luz.

El precio

El precio del sérum

Imposible hablar de las diferencias entre una y otra y no mencionarlo.

Los sérums tienen fama de caros, fama que arrastran desde su debut en el mundo de la cosmética, y fama que deberían haber perdido ya.

Los primeros sérums eran, es cierto, muy caros, pero actualmente los hay de todo tipo y precios, muchos de ellos muy asequibles, y más si tenemos en cuenta, no ya sus beneficios, sino la escasa cantidad que se necesita y lo que cunden.

De la misma manera, hay hidratantes muy asequibles y también muy caras.

El precio no marca la calidad en ningún caso, pero los productos realmente baratos suelen tener una composición con exceso de ingredientes poco aconsejables, como siliconas y derivados de los hidrocarburos, lo que no significa que productos realmente caros no hagan lo mismo, desgraciadamente.

Repasa la lista de ingredientes (INCI) y comprueba que estos son adecuados para tu piel y no agresivos ni peligrosos por acumulación.

El mito del sérum caro frente a la hidratante no se sostiene en la realidad: hay sueros de calidad con precios asequibles y cremas caras cuyo precio no se justifica más que por el marketing y el prestigio de la marca (que no se corresponde con la calidad necesariamente, sino con grandes inversiones en publicidad y más marketing).

Por suerte, hay muchas marcas en el mercado, quizá menos conocidas, pero que van haciéndose un hueco en Internet y gracias al boca a boca, y que ofrecen productos de muy alta calidad en todos los sentidos, a precios más que razonables.

Intenta sustraerte a los reclamos propagandísticos y elige tus cosméticos por su componentes, procurando que sean naturales, no agresivos y de origen comprobado, o puedes llegar a gastar mucho dinero en humo.

Sinergia: la unión hace la fuerza

A estas alturas está claro que hablamos de dos imprescindibles, diferentes y complementarios.

Si estableces una estrategia, podrás sacarle partido extra a esta ventaja, usando productos que se completen y potencien el uno al otro.

¿Tienes la piel sensible? Busca un sérum calmante, regenerador (las pieles sensibles presentan microerosiones), que cuide en profundidad los elementos propios y estimule los procesos cutáneos, para la noche, y remátalo con una hidratante nocturna rica, que también tenga ingredientes calmantes y regeneradores (la capa córnea de las pieles sensibles suele estar deteriorada) y que selle la piel para asegurar el trabajo de ambas.

Durante el día, aplícate un sérum más ligero, menos concentrado, para evitar interacciones con el exterior (fotosensibilidad, por ejemplo) y una crema que también te aísle al tiempo que te va sanando la superficie cutánea.

Es solo un ejemplo de cómo puedes aprovechar óptimamente la sinergia entre tus dos aliados.

Las posibilidades son incontables y tendrás que encontrar tus mejores opciones e ir adaptándolas según tu piel se recupere, cambie y vaya madurando.

Una gestión inteligente de los recursos a tu alcance redundará en un cutis cuidado, fresco, luminoso, descansado, sin arrugas y terso: el ideal de cualquiera.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *